Imagino que, como un ciudadano normal y corriente, de esos de andar por casa, compartirás conmigo que cada día que pasa notas que te invade un sentimiento de hartazgo y saturación.
Es un fenómeno muy real y estudiado, y como todo tiene nombre: fatiga política y agotamiento ante la polarización.
Cuando la precampaña —y la política en general— se convierte en una
maquinaria constante de apelación al miedo, al apocalipsis inminente y al
enfrentamiento de trinchera, el ciudadano normal, el que madruga y busca salir
adelante, termina sintiendo una profunda desconexión y hastío. Lo que normalmente se califica con un "ESTAMOS HASTA LOS WEBOS"
Aquí hay varias realidades de este bucle que me resultan muy frustrantes:
El manual de la
polarización (El miedo como motor)
Los eslóganes del miedo no son nuevos, pero se han perfeccionado. El miedo
moviliza electoralmente mucho más que la esperanza o la gestión eficiente.
- El miedo a perder lo básico: Sanidad,
pensiones, educación. Se usan temas extremadamente sensibles para generar
pánico.
- El miedo al adversario: Convertir al
contrincante político —y por extensión a sus votantes— en una amenaza
existencial ("el caos", "el 36", "el
fascismo", "el comunismo").
- Justificación de la violencia. Si el otro es un
monstruo, cualquier cosa que haga uno mismo para frenarlo está
justificada. Personas que justifican la violencia en las calles al grito
de “Aquí están los antifascistas”, ejerciendo el fascismo en su más cruda
expresión negando la expresión de sus ideas a los que piensan contrario.
- Dar alas a los grupos radicales. Favorecer los actos de terrorismo callejero, para reventar determinadas zonas en aras de generar caos o buscar una respuesta represiva de la policía para luego ponerla en el disparadero.
La pérdida de los
consensos básicos
Añoro, y creo que no seré el único, esos tiempos donde el suelo común era
la preservación de las reglas del juego democrático. Hoy, lamentablemente, las
reglas se han convertido en un campo de batalla táctico. Cuando el objetivo
principal deja de ser el bienestar general y pasa a ser la supervivencia del
partido o de la "casta", el debate público se degrada y se convierte
en ruido constante.
El espejo social y el
ruido digital
Cada vez tengo más claro que los políticos son un reflejo de la sociedad en que vivimos, seguro que alguien me lo debate y muchos tenemos la sensación de que ninguno nos representa. Es cierto que salen de nosotros, pero también es verdad que las instituciones y los filtros de selección de los partidos suelen premiar la lealtad ciega, el vocerío y la bronca por encima de la competencia técnica, la mesura o la honestidad.
A esto se suman las redes sociales,
diseñadas algorítmicamente para premiar la visceralidad. El insulto, el corte
de vídeo sacado de contexto y la ocurrencia "cuñada" generan
interacción y retuits; la reflexión sosegada, el matiz o el reconocimiento de
que el adversario tiene un buen argumento se hunden en el silencio digital.
¿Cómo lidiar con este
asco inmenso?
Ante este panorama, mucha gente opta por una de estas tres vías:
- La trinchera propia: Dejar de pensar
críticamente y convertirse en un hooligan de su opción favorita para no
sentirse solo. Vemos un efecto manada y personas que antes veías como
reflexivas y críticas, se convierten en cuanto pueden comunicar algo en
redes, en cretinos que comparten cualquier cosa con tal de que “no
gobierne” el que piensa distinto a ellos.
- La desconexión (la "dieta mediática"): Apagar la televisión, silenciar palabras clave en redes sociales y
reducir el consumo de debate político al mínimo indispensable para la
salud mental.
- Ser un mero observador: Leer e
informarse, tener criterio propio, cotejar datos y mantenerse en silencio
a pesar de las “tonterías” que puedas leer o escuchar.
Esta dos últimas opciones suelen ser más saludables a corto y medio plazo,
aunque solo la segunda garantiza bienestar emocional.
Hay momentos en que hay que proteger el propio espacio mental, valorar el
día a día con los amigos, la familia y el trabajo, y recordar que la vida real
—afortunadamente— suele parecerse mucho menos a un plató de televisión o a un
hilo de X (Twitter) de lo que nos quieren hacer creer.
Yo me lo pregunto:
Y vosotros, me refiero a los sensatos, que creo que al final somos mayoría:
¿Qué hacéis?
¿Sois capaces de aislaros del ruido y tener hacer una reflexión lógica basándos en programas electorales?
¿Habéis tirado la tele por la ventana y cancelado la conexión a internet hasta
diciembre?
¿Os refugiáis en algo en particular
(libros, paseos, aficiones) para desconectar de todo este ruido cuando el vaso
ya se os colma?
Y sobre todo, cuando todo huele a podrido:
¿Os tapáis la nariz y votáis pensando en la mejor opción?
¿Que decidan otros?
¿Votáis al de siempre por que es de los vuestros a pesar de que os haya engañado una y otra vez, porque no gobierne otro?







